Documento Fundacional

Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

 

 

I. UN PARTIDO NECESARIO Y POSIBLE.

a) ¿Partidos independentistas o partidos de clase?

La sociedad está dividida en clases o grupos sociales con intereses distintos y, con frecuencia, antagónicos. El progreso social, es decir el avance continuo del proceso histórico, está determinado por la lucha entre las distintas clases sociales en la defensa de sus intereses materiales, relacionados con la propiedad de los medios de producción y con la apropiación de los productos. Podemos afirmar entonces que la lucha de clases es el motor de la Historia.

El modo de vida de cada clase social en cada época histórica, y las relaciones sociales de producción que mantiene con las otras clases, determina además una cierta representación mental de la realidad, una concepción del mundo y de la sociedad elaborada con elementos filosóficos o religiosos.

Este conjunto de ideas y representaciones, teorizadas y estructuradas, constituye la ideología de cada clase social. Y los partidos políticos no son más que la expresión organizada de la ideología de cada clase, y los abogados y defensores de sus intereses.

Naturalmente que esto no debe entenderse de forma mecánica. La relación dialéctica entre clase y partido es siempre cambiante y aparece en formas a veces sorprendentes y paradójicas. En ciertos momentos, una clase social puede verse representada por más de un partido, de la misma manera que, a veces, alguna de ellas se encontrará sin representación política, e incluso pueden surgir temporalmente partidos políticos que no representen a ninguna clase social.

Pero, como regla general, la tendencia común es que cada clase social destaque a un partido como vanguardia organizada, portavoz de sus concepciones ideológicas, mediador e intercesor de sus ambiciones políticas y económicas.

¿Cabe hablar entonces de un “partido independentista”? La independencia no es una ideología, sino un objetivo táctico para las clases sociales interesadas en él. Y que cada una incorpora o no en función de su estrategia propia. Nosotros, como comunistas, vanguardia organizada de la clase obrera, queremos la independencia y el fin del sistema colonial para poder abrir paso al socialismo en Canarias.

La independencia sólo puede convertirse en objetivo general de nuestro pueblo si aparece encarnada por una alianza de partidos que representen a las distintas clases sociales que necesitan la liberación nacional para desarrollarse y alcanzar sus objetivos políticos y económicos.

Intentar poner en pie un “partido independentista” que adopte distintos puntos de vista, distintos objetivos estratégicos y distintos intereses de clase, es una tarea condenada al fracaso, como hemos podido constatar en los últimos treinta años.

En cambio, el reconocimiento de esas diferencias de ideas y de intereses de clase, concretadas en partidos diferentes, permitirá llegar a acuerdos claros y posibilitará la creación de un amplio Frente político por la independencia.

Por el contrario, un “partido independentista”, apurado por las exigencias electorales y de supervivencia política, que trata de ampliar su base social con una ambigüedad más o menos calculada, está condenado a disputar una nebulosa en la que otros, con planteamientos iguales o parecidos, tratan también de hacerse un hueco. E igualmente de forma infructuosa: queriendo representar a todos, por medio de la indefinición ideológica, terminan por no representar a nadie.

Es significativo que en Canarias, los partidos propiamente dichos, representantes de ideologías e intereses de clase, hayan venido siempre desde fuera. Lo cual pone en evidencia el subdesarrollo político de la sociedad canaria. Y en ese subdesarrollo chapotea aún el independentismo.

Durante décadas hemos estado oyendo continuos llamamientos a la unidad, cuya imposibilidad sólo se ha explicado por razones psicológicas del llamado “personalismo”. Pero lo cierto es que resulta imposible llegar a acuerdos con quién dice ser lo mismo que uno es, y disputa con nosotros su propia identidad como fuerza política. Tal y como señalaba Lenin, antes de unificar, y precisamente para unificar, es preciso delimitar los campos.

Nosotros, como comunistas, no ocultamos nuestras ideas ni nuestras intenciones. Nuestro objetivo es llevar a Canarias al socialismo y al comunismo. Para ello, consideramos que el único camino hoy previsible pasa, inexorablemente, por la independencia nacional. Y que para lograrla es preciso el acuerdo de distintas clases y fuerzas políticas en un Frente revolucionario.

Un Frente revolucionario en el que los trabajadores asalariados y su Partido gocen de total autonomía para defender su propia ideología, sus propios planteamientos y sus propios intereses de clase. Y esta ideología, desarrollada como ciencia, es el marxismo-leninismo. Sin un partido revolucionario marxista-leninista, es imposible conducir a la clase obrera y al pueblo canario a la victoria sobre el colonialismo, a la Independencia y el Socialismo.

Un partido disciplinado, pertrechado con la teoría marxista-leninista, que practica la crítica y la autocrítica y se mantiene ligado al pueblo canario; y un Frente único de todas las clases y grupos revolucionarios dirigido por ese partido: son éstas las dos armas principales con las que venceremos.

b) Condiciones objetivas.

La mayoría de los planteamientos políticos del independentismo en Canarias se mantienen esencialmente inalterados desde la década de los 60 del siglo pasado, cuando se desarrollaban a imagen y semejanza de lo que era el PCE y no a partir de las condiciones nacionales canarias.

Lo cierto es que desde los “60″ hasta la actualidad, nuestro país ha vivido drásticos cambios. De una sociedad volcada en la agricultura y, en parte, en la pesca artesanal, con el predominio de pequeños propietarios campesinos, hemos pasado al desarrollo del capitalismo en Canarias, fundamentado en la locomotora del turismo, que lleva consigo el dominio absoluto del sector servicios.

Como consecuencia de este desarrollo acelerado, nuestra sociedad sufre otros fenómenos que cambian radicalmente sus características. Por un lado, nuestra población, que era esencialmente rural, ha pasado a ser mayoritariamente urbana. Por otro, hemos pasado de ser un pueblo emigrante a ser receptores de inmigración. Paralelamente, estructuras económicas fundamentales, como la de distribución de alimentos y productos de primera necesidad, han sido deshechas para concentrarse en manos de unas pocas multinacionales extranjeras.

Este brutal desarrollo del capitalismo en Canarias ha supuesto la proletarización masiva de nuestro pueblo, convirtiéndonos, en menos de 50 años, en una sociedad mayoritariamente asalariada. Y especialmente vulnerable a la crisis del capitalismo, con sus secuelas de paro, precariedad, caída del consumo, etc.

Las condiciones objetivas que se han ido fraguando en la sociedad canaria durante las tres últimas décadas, determinando profundos cambios en la estructura de la propiedad y en la división clasista, son las siguientes:

1º) Desarrollo capitalista acelerado, concentración del capital cada vez en un menor número de grandes empresas.

2º) Gran aumento de la población (de un millón de habitantes en los sesenta, a dos millones en la actualidad) y urbanización masiva por el abandono de la actividad agraria de subsistencia, y la emigración a las grandes ciudades.

3º) Proletarización creciente hasta alcanzar la proporción de 8 a 1 entre trabajadores asalariados (655.000 empleados, a los que hay que sumar 175.000 parados según estadísticas oficiales, más 100.000 aproximadamente no contabilizados); y autónomos (115.000).

4º) Crisis económica, financiera y de mercados que afecta a los principales sectores productivos (agricultura de exportación, construcción y turismo), con sus secuelas de inflación y desempleo que castigan severamente a los trabajadores.

c) Condiciones subjetivas.

1. La burguesía:

Desde la conquista, la sociedad canaria ha estado marcada por el Pacto Colonial Histórico entre la clase dominante canaria (señores terratenientes esclavistas y feudales y, posteriormente, burgueses capitalistas) y el Estado español.

A partir del siglo XV, el reparto de tierras y feudos con la clase alta nativa, que se fusionó con la de los conquistadores, fue la base de la dominación colonial de nuestro país.

Es en el siglo XIX, con la revolución industrial y la expansión del capitalismo en el mundo, la independencia de las colonias americanas y la colonización intensiva de África cuando aparece el independentismo en Canarias. Y cuando se recompone el Pacto Colonial con la concesión de los Puertos Francos como reorientación hacia el comercio.

En el último tercio del siglo XX, sin embargo, los Puertos Francos decaen, perdiendo su interés, apareciendo además como factor decisivo la entrada del Estado español en la Unión Europea. A partir de ahí se intenta recomponer el Pacto Colonial Histórico de distintas formas. Primero se plantea la incorporación parcial a la UE (”Opción 2″), que fracasa por los diferentes intereses de la burguesía canaria. Después se desarrolla el REF, fundamentándolo en la RIC, como fórmula de capitalización intensiva, y en el REA, destinado a engordar a los importadores.

Y, especialmente, los últimos años han supuesto la entrada importante de fondos europeos, que daban la liquidez necesaria para el reparto de dinero público desde una administración autonómica -que cobraba así una gran importancia, y en torno a la cual se construye CC- a través de obras públicas y del reparto de subvenciones.

El final de la llegada de fondos europeos, que se intenta solucionar mediante la adopción de la fórmula RUP como excepcionalidad, vuelve a poner en cuestión el Pacto Colonial, que se encuentra ahora mismo en plena reformulación. Precisamente por ello, aparecen claros indicios de que una parte de la burguesía canaria baraja la opción independentista, aunque sea de forma instrumental.

Los coqueteos actuales de ciertos sectores de la burguesía canaria con el “soberanismo”, clamando por un “nuevo encaje” de Canarias en la Constitución borbónica, no son más que un intento de ganar posiciones de fuerza en la negociación con el Poder Colonial que, en cualquier caso y como siempre, acabará en una nueva componenda con Madrid, a espaldas y a expensas del pueblo de las Islas.

Esto obliga a los comunistas de Canarias a denunciar con firmeza los manejos de nuestros burgueses, a los que sólo les mueve la conservación de sus privilegios y el aumento de sus beneficios. Y que únicamente esperan que Madrid les haga una buena oferta para unirse a sus hermanos de clase extranjeros y vender una vez más a su país, traicionando los intereses del pueblo canario.

2. La pequeña burguesía:

A diferencia de la burguesía, que dispone de sus propios representantes políticos (Partido Popular y Coalición Canaria), la pequeña burguesía no ha destacado aún una vanguardia ideológica organizada capaz de defender sus intereses de clase.

Entendemos por pequeña burguesía fundamentalmente al conjunto de pequeños propietarios de la ciudad y del campo, pequeños empresarios que emplean a no más de 10 trabajadores asalariados, profesionales liberales “autónomos”, y también a la capa superior de intelectuales, profesores, asesores y burócratas que disfrutan de altos salarios, asimilados e ideólogos y defensores convencidos del sistema capitalista colonial.

Desde luego que el papel de representantes políticos de la pequeña burguesía canaria no les corresponde a los numerosos grupos que, con una nostalgia enfermiza de los gloriosos tiempos de la UPC, insisten en la formulación tradicional de Partido Independentista de “izquierda”.

Por el contrario, todos estos Frentes, Uniones, Alternativas y Movimientos están condenados a desaparecer pues, tal como se señala más arriba, se empeñan en representar a todos ignorando la profunda división clasista de la sociedad canaria actual, y llevados por su obsesión electoralista (que contrasta llamativamente con su proverbial incapacidad para unirse), terminan por no representar a nadie.

Se puede entender que resulta más fácil, menos comprometido e, incluso, más divertido jugar, cada uno desde su pequeño grupúsculo, a la “izquierda independentista rojiverde”, el “socialismo democrático no radical”, o “el bloque nacional y progresista” (todo esto según sus propias palabras “con un claro componente electoral”); que, asumiendo una posición ideológica clara, impulsar la creación de un Partido Socialdemócrata (o socialcristiano), unido y capaz de representar dignamente los legítimos intereses sociales y nacionales de amplios sectores de la población de Canarias.

Mientras tanto, los únicos partidos que pueden representar a estos sectores pequeñoburgueses son Nueva Canarias, hasta que vuelva al redil de Coalición Canaria, y el PSOE.

Sea como sea, para los comunistas de Canarias no hay otro camino para avanzar en el proceso revolucionario hacia la Independencia y la Soberanía Nacional, que buscar la alianza política con la pequeña burguesía, para, neutralizando a la burguesía, unir todas la fuerzas, recursos y energías contra nuestro enemigo principal en la fase democrática de la Revolución Canaria: el Poder imperialista colonial español.

3. La clase obrera:

Consideramos clase obrera (tal como lo entendían Marx y Engels) al conjunto de los trabajadores asalariados, es decir, a todos aquéllos que, no disponiendo de otros medios de subsistencia, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo (convertida en una mercancía más por el capitalismo), para sobrevivir.

Según esto, la clase obrera de Canarias, contando a los parados que aparecen en las estadísticas oficiales y también a los que no se contabilizan en las mismas, incluye en la actualidad a más de 900.000 hombres y mujeres, lo que supone casi el 90 por ciento de la población activa de las Islas.

Sin embargo, aunque cuantitativamente la clase obrera canaria dispone de un enorme potencial, el desarme ideológico y la desorganización política le impiden realizarse como clase hegemónica, y desempeñar su papel como fuerza revolucionaria capaz de transformar la sociedad, y acabar con el régimen capitalista-colonial a la que está sometida.

La carencia de una vanguardia política revolucionaria, que represente su concepción del mundo y defienda sus intereses generales, elevando su nivel de conciencia y de organización, hace imposible que la clase obrera de Canarias desempeñe el papel que le corresponde como dirigente de todas las clases populares en la consolidación de un amplio y unitario Movimiento de Liberación para conquistar la Independencia Nacional.

Por eso es imprescindible que los comunistas de Canarias iniciemos la tarea de construir el partido revolucionario marxista-leninista, pues sin él la clase obrera no podrá cumplir su misión histórica de agrupar a todas las fuerzas democráticas de la nación contra el Poder colonial español, abriendo la posibilidad de transformar la Revolución Democrática antiimperialista y antimonopolista, en Socialista.

II. ¿QUÉ PARTIDO?

a) Un partido revolucionario.

Si admitimos, y asumimos con todas sus consecuencias, la necesidad y la posibilidad de iniciar la ardua y complicada tarea de construir el partido revolucionario de los comunistas de Canarias, debemos, en primer lugar, definir nuestra actitud y nuestra posición ante la cuestión del Poder.

Porque de nada serviría crear otra organización, de las que tanto abundan, dedicada casi exclusivamente a competir en las convocatorias electorales del colonialismo español, como si esos comicios limitados por la muy borbónica, capitalista y colonialista Constitución española, tuvieran algún valor aparte del de calibrar en cada momento el nivel de conciencia política de las masas populares.

Las ilusiones pequeñoburguesas de acceder a “parcelas de Poder” en el seno de la falsa e hipócrita democracia capitalista-colonial, y que en realidad sólo les puede conducir a la colaboración en la gestión de los intereses de la oligarquía, deben ser denunciadas firmemente por los comunistas.

Nuestro objetivo, por el contrario, debe ser la destrucción por vía revolucionaria del Poder colonial español en Canarias, a través de la transformación de las huelgas económicas en políticas, y de éstas en Huelga General Revolucionaria y la Insurrección de todo el pueblo.

De manera que, para el partido de los comunistas, la participación de algunos de sus cuadros en las instituciones de la democracia capitalista-colonial, no tiene más utilidad que su utilización como tribunas públicas de agitación y propaganda revolucionarias.

b) Táctica y estrategia.

La Revolución Canaria es un proceso ininterrumpido que se desarrolla por fases y por etapas. En él distinguimos una primera fase democrática y otra, posterior, de carácter socialista. Estas dos fases no están separadas mecánicamente pues, aunque una precede a la otra, existe entre ellas una relación dialéctica por la cual la conciencia y la organización de los trabajadores se gestan y se desarrollan en la fase democrática, que significa la más amplia preparación, acumulación y concentración de fuerzas, y la elevación de la capacidad combativa de la clase obrera, que permitirá pasar, con probabilidades de éxito, a la fase socialista de la Revolución.

En la Nación Canaria, colonizada y sometida por el imperialismo español, la fase democrática, previa a la fase socialista de la Revolución, tiene carácter nacional, antiimperialista y antimonopolista. Por tanto el Estado que debemos destruir es el Poder Colonial español en Canarias, prolongación en las Islas de los aparatos militares y policiales, jurídicos y burocráticos, educativos e ideológicos del Estado burgués-capitalista español.

Para conseguir este objetivo la clase obrera debe buscar la alianza con la pequeña burguesía, clase social que, como decíamos en el capítulo anterior, agrupa a los pequeños propietarios urbanos y rurales, los profesionales liberales, los trabajadores autónomos o por cuenta propia, y también a la capa superior de los intelectuales y burócratas asalariados.

Se trata, por tanto, de consolidar un frente político anticolonial entre todos los sectores sociales marginados y perjudicados por el Pacto Colonial histórico entre la burguesía capitalista y el Poder Colonial español, es decir, los trabajadores asalariados y autónomos y los pequeños empresarios que, como los esclavos y los siervos en tiempos de la conquista, y los aparceros, medianeros y arrendatarios hasta hace pocos decenios, son las víctimas sociales del colaboracionismo político y del reparto de beneficios económicos con los invasores extranjeros, producto de la indigna complicidad de las clases dominantes de Canarias con el colonialismo, desde Guanarteme y los menceyes traidores de Los Realejos, hasta la burguesía dependiente, intermediaria y comisionista de nuestros días.

Un Pacto Colonial que, a pesar de las dificultades actuales, acabará con toda seguridad por recomponerse. Pues el imperialismo español ha necesitado siempre (tal como le resultó imprescindible para la conquista militar en el siglo XV) asociarse con los explotadores nativos contra las clases populares, que seguirán pagando los costes de la opresión y la explotación compartida y acordada después del más repugnante regateo, con amenazas de ruptura, lloriqueos, pataletas, reproches mutuos, reconciliaciones sentimentales y, por fin, renovadas promesas de eterna fidelidad. Hasta la próxima crisis, pues es bien sabido que “las peleas entre enamorados forman parte del amor”.

El Pacto Colonial se renovará, sin duda, porque el principal argumento de la burguesía para obtener concesiones del colonialismo español no es otro que el peligro de que los independentistas se unan y se organicen canalizando el descontento popular. Peligro y espantajo esgrimido por los burgueses que está presente siempre en estas negociaciones. Y Madrid sabe muy bien que sólo la colaboración de los capitalistas canarios, les ha permitido hasta ahora neutralizar la influencia de las organizaciones revolucionarias anticolonialistas.

Por ello la táctica del partido marxista-leninista, es decir, el plan que define los objetivos, los medios y la política de alianzas para la fase democrática de la Revolución, consiste en promover un amplio Frente político por la Liberación Nacional, como instrumento para, neutralizando a la burguesía nacional (por medio sobretodo de la constante denuncia de su complicidad con el colonialismo) avanzar hacia la creación de la República Canaria independiente y democrática.

Esta reivindicación innegociable de la creación de la República Canaria independiente, democrática, antiimperialista y antimonopolista, debe ser el eje fundamental del Programa unitario del frente político patriótico y anticolonial, y la consigna principal de toda la labor de agitación independentista.

Este Programa debe concretar la consigna genérica de la República Canaria como la soberanía de nuestras instituciones políticas y jurídicas sobre cualesquiera otras instituciones foráneas, y la supremacía de las leyes emanadas de nuestro Parlamento Nacional sobre las españolas, europeas o internacionales; incluyendo la reivindicación de Hacienda propia, relaciones exteriores, con la salida de la UE y de la OTAN, con la declaración de no alineamiento y neutralidad. Milicias de defensa y de orden público, y de una economía mixta autocentrada, diversificada y equilibrada, que garantice, ante todo, la soberanía alimentaria; y el establecimiento de relaciones comerciales, mutuamente provechosas, con todos los Estados.

En la fase socialista el objetivo de la clase obrera será la destrucción de la burguesía como clase -enemigo principal en esta fase-, por medio de la alianza con los sectores semiproletarios y la neutralización de la pequeña burguesía.

La revolución socialista, que se impulsa y se desarrolla a partir de las conquistas democráticas y revolucionarias de la lucha por la independencia, abrirá la vía específica de la sociedad canaria hacia el comunismo y evitará, por otra parte, la salida neocolonial al proceso de liberación nacional.

La estrategia de los comunistas consiste, por tanto, en la creación de la República Socialista de Canarias, Estado de dictadura del proletariado para la transición hacia la sociedad comunista. Esto se plasma y se concreta en el Programa de la Revolución Socialista, basado en el principio de: “las empresas a los trabajadores y el Poder al pueblo”.

Como expondremos con detalle más adelante, la prolongada fase histórica del socialismo, debido a su fundamental carácter transitorio, adopta formas y contenidos muy diversos y cambiantes.

Por eso la clase obrera de cada país y su partido de vanguardia deben determinar su propia forma de socialismo y su propia vía hacia la futura sociedad comunista. Lo más importante es el firme control del Poder estatal para desarrollar y modernizar las fuerzas productivas en beneficio de los trabajadores. Y en cada momento político y en cada situación económica supeditar cualquier iniciativa y cualquier decisión política al objetivo de mejorar las condiciones de vida de las clases populares.

Y para lograrlo, de nada nos servirán las recetas, ni los manuales ni los dogmas. Por el contrario, los comunistas están siempre obligados a analizar la situación concreta y las características específicas de la sociedad y del momento histórico para, por medio de la reflexión y a la luz de la ciencia marxista-leninista, encontrar soluciones creadoras que nos permitan avanzar, paso a paso y sin saltarnos las etapas necesarias, hacia la civilización comunista de la Humanidad.

c) Organización.

El carácter, la forma y el estilo de la organización de un partido están siempre en consonancia con sus objetivos políticos y con los medios que emplea para alcanzarlos. El partido revolucionario de los comunistas que persigue ante todo tomar el Poder, conservarlo y ejercerlo, debe necesariamente dotarse de un tipo de organización extremadamente sólida, capaz de resistir los esfuerzos del enemigo de clase por destruirlo. El Partido debe evitar la vulnerabilidad ante la represión y la infiltración de la policía política y, lo que es más peligroso, la debilidad ideológica de sus militantes.

Por eso la organización debe basarse en principios leninistas.

En el Partido sólo pueden participar los hombres y mujeres más conscientes, comprometidos y combativos. La tentación de incorporar a muchos, rebajando el nivel de exigencia revolucionaria, es la muerte de la organización de vanguardia de la clase obrera.

Dentro de la fase democrática de la Revolución Canaria, nos encontramos en una etapa de democracia colonial que se caracteriza porque la opresión y la explotación colonial se realizan, en lo fundamental, no por medio de la violencia sino por el engaño y la alienación ideológica de las masas populares.

Esto plantea la necesidad de disponer de un sólido aparato legal del Partido. Pero aparte de esto, la organización debe siempre mantenerse en el máximo nivel de discreción que las circunstancias de la lucha política y del trabajo de masas de sus militantes, permitan en cada momento.

La democracia interna combinada con la centralización de las decisiones y con la disciplina consciente de todos los militantes es un sistema de organización necesario para un Partido de acción revolucionaria. El desarrollo de los principios del centralismo democrático deben ser claramente definidos en los Estatutos del Partido y asumidos por todos sus miembros, para evitar tanto la anarquía organizativa como el burocratismo y la arbitrariedad de los dirigentes.

III. SITUACIÓN POLÍTICA INTERNACIONAL.

a) El imperialismo de EEUU y la UE: unidad y rivalidad. El dólar y el euro.

La acelerada concentración y centralización del capital y, como resultado, el desarrollo desigual a escala planetaria, han agravado la crisis del sistema imperialista mundial y creado las condiciones objetivas para las revoluciones socialistas en todo el mundo en el comienzo del siglo XXI.

Sin embargo, subjetivamente, el movimiento comunista internacional aún no se ha recuperado del daño causado por el estalinismo primero, y por el restablecimiento del capitalismo en Rusia y los países de su órbita después. No obstante, los comunistas se reorganizan y vuelven a tomar la iniciativa en multitud de países.

El mundo actual se caracteriza por una profundización sin precedentes de la crisis del capitalismo. Los imperialistas están llevando a cabo la «globalización» y la «liberalización» como la panacea para un sistema que agoniza. Estas políticas, propagadas a través de las instituciones imperialistas como el Banco Mundial y el FMI, han agudizado las diferencias entre el puñado de países ricos y gran número de países pobres. A tal escala que esas diferencias, que fueron 31 a 1 durante la década de los sesenta, y llegaron a 74 a 1 a finales de los años noventa, se están agravando cada día que pasa.

La globalización neoliberal tiene como objetivo la privatización de los recursos públicos, el desmantelamiento del llamado “Estado del bienestar”, la “desregulación” o supresión de los derechos laborales y de la seguridad social de los trabajadores; el desamparo y la desprotección de los campesinos pobres para beneficio de las grandes transnacionales agrícolas; la mercantilización de los servicios públicos; y el abandono de las políticas de estímulo a los mercados internos. Y especialmente, una feroz disputa por las fuentes de materias primas, especialmente de petróleo, en un momento en que otros países emergentes (China, India) buscan garantizar sus suministros.

Todo ello exportando la crisis al tercer mundo y apropiándose de los mercados y de los medios de producción y servicios, sustituyendo los que no eran rentables y estableciendo un neocolonialismo cada vez más acentuado y represivo, y en el que comparte los beneficios con las oligarquías locales, civiles y militares.

El saqueo de los países oprimidos, con la mediación de la OMC, fuerza esa escalada de desigualdad creciente. La contradicción de las potencias imperialistas con las naciones oprimidas y los pueblos del mundo crea las condiciones para una nueva oleada contra el imperialismo. El 11 de septiembre de 2001 y la posterior “guerra global contra el terrorismo” iniciada por el imperialismo estadounidense son las últimas manifestaciones de esta contradicción mundial.

A la vez, se agudizan las contradicciones interimperialistas, especialmente entre EEUU y la Unión Europea. La economía de Estados Unidos atraviesa una fase muy delicada con una deuda pública que alcanza ya los 9′5 billones de dólares y un regreso a los déficits comerciales de centenares de miles de millones (más de 700.000 millones en 2007), y sobre todo, de déficit fiscal (398.000 millones de dólares previstos para 2008 y 482.000 millones de dólares para 2009). Todo eso bastaría para devaluar el dólar pero, desde 1945, la moneda estadounidense dispone de las enormes “subvenciones globales” derivadas del carácter y la función de moneda mundial que ha tenido el dólar desde entonces: cuatro quintas partes de las transacciones internacionales, la mitad de las exportaciones y dos tercios de las reservas globales en divisas se hacen y están en dólares. El comercio petrolero en dólares es un pilar básico de ese estatus.

Esta posición privilegiada del dólar, impuesta por los Estados Unidos a todo el mundo capitalista al final de la Segunda Guerra Mundial, aprovechando que sus principales rivales imperialistas estaban o derrotados y completamente sometidos (Alemania, Japón e Italia), o arruinados y neutralizados como grandes potencias a consecuencia de las destrucciones de la guerra (Inglaterra y Francia), ha permitido hasta ahora que la Reserva Federal resuelva los desequilibrios de la economía norteamericana imprimiendo dólares, para abastecer de medios de cambio al creciente comercio internacional y para nutrir las reservas de los Bancos Nacionales de todos los países del mundo.

Pero desde que existe el euro y la eurozona, esa situación se ha hecho aun más anómala porque no corresponde al peso real de EEUU en la economía global.

Europa ya tiene una mayor participación en el mercado global que Estados Unidos y sus cuentas están más saneadas. Pero lo verdaderamente amenazante para Estados Unidos es el fuerte comercio de la Unión Europea con Oriente Medio. Después de la ampliación del 2004, la UE tiene 450 millones de habitantes y compra más de la mitad del crudo de la OPEP. El que el euro sustituya al dólar en el comercio petrolero pende como una amenaza cierta sobre la economía estadounidense.

Si el euro lograra ganar la batalla contra el dólar, y lo sustituyera como moneda mundial, buena parte del papel moneda que durante sesenta años ha saturado las reservas de todos los bancos centrales del mundo, y que ha estado circulando como medio de cambio para el comercio internacional, terminaría por volver a la masa circulante interna de los Estados Unidos a través, sobre todo, de los fondos de inversión internacionales, provocando una explosión inflacionaria en ese mercado y la drástica devaluación de su moneda.

Tras la invasión de Irak (guerra por el control del petróleo y guerra contra el euro, pues Sadam Husein ya había decidido nominar sus exportaciones petrolíferas en esta moneda), también Irán se dispone a efectuar el tránsito al euro, y su banco central ya tiene sus reservas en esa divisa. Venezuela, Rusia, China y Brasil han diversificado las reservas de sus bancos centrales.

De seguir esta tendencia, y es bastante probable que así sea, se produciría el fin del monopolio global en dólares y la mengua del poderío estadounidense, quedando seriamente limitadas sus posibilidades de mantenerse como superpotencia imperialista económica y militar.

La estrategia de EEUU para prevenir una estampida de la OPEP hacia el euro como moneda de referencia en las transacciones de petróleo pasa por oponer al poderío económico de Europa su propia superioridad militar. El control militar del petróleo -en Irak y en otros territorios- es utilizado por el imperialismo estadounidense para desmantelar el control de precios de la OPEP.

A pesar de la subordinación militar y política de la Unión Europea a Estados Unidos, el agravamiento de la crisis capitalista y la cada vez más dura competencia por el control de materias primas, y en particular el petróleo, agudizará esas contradicciones interimperialistas.

Esta disputa se hace particularmente visible en África Occidental, donde asistimos a maniobras por situar a Canarias como plataforma de control militar y asalto a las riquezas de nuestro continente en la zona, y donde EEUU, por un lado, y la Unión Europea, por otro, tratan de cercar la creciente presencia china en nuestro continente.

b) El Socialismo. Los partidos comunistas en el mundo.

El Socialismo es una formación socioeconómica de transición que llena toda la etapa histórica del paso, a escala mundial, de la sociedad capitalista a la sociedad comunista del futuro. Y tratándose de una formación transitoria debe necesariamente caracterizarse por la diversidad de formas y la evolución en los métodos y sistemas políticos y económicos, determinados por el nivel de desarrollo alcanzado, en cada momento histórico, por las fuerzas productivas en cada Estado socialista, condicionado a su vez por la situación de partida con la que se encuentra la clase obrera de uno u otro país en el momento de tomar el Poder, y por la correlación de fuerzas internas e internacionales con la que debe enfrentarse.

Por ello, en esta fase de transición no pueden establecerse rasgos acabados ni definitivos, sino tendencias en constante desarrollo hacia la fase comunista de la civilización.

También es propio de la sociedad socialista la presencia simultánea de elementos y categorías tanto del capitalismo, en el seno del cual nace, como del comunismo hacia el que se dirige. En la sociedad socialista sobreviven, por ejemplo, categorías económicas heredadas del capitalismo tales como la mercancía y el mercado, el valor y el precio, y la distribución según el trabajo y no según las necesidades. Pero, al mismo tiempo, existen ya elementos de la sociedad comunista como la propiedad social (en sus distintas formas) de los medios fundamentales de producción.

Para orientarnos correctamente en este tema es muy importante que, aplicando consecuentemente el materialismo dialéctico, consideremos que el comunismo (a través de una fase histórica a la que llamamos socialismo), se desarrolla del capitalismo. Y que, en ese largo y complicado proceso que avanza hacia la futura sociedad comunista, van apareciendo grados sucesivos de madurez política y económica del socialismo. Desde formas no desarrolladas e inmaduras hacia formas cada vez más avanzadas y complejas.

Aunque, por supuesto, sería una simpleza pensar que esto ocurre de forma rectilínea. Nada en la vida transcurre de esa manera. De hecho este proceso está lleno de avances y retrocesos, de aciertos, vacilaciones y errores, de desviaciones y de esfuerzos por recuperar la dirección correcta. Todo ello condicionado por las circunstancias históricas y las experiencias nacionales, e influido por factores subjetivos.

Pero lo dicho anteriormente no significa, ni mucho menos, que disculpemos el estalinismo ni que pensemos, como hacen algunos, que fue “algo necesario”. Lo que queremos decir, más bien, es que los altos ideales del comunismo están hasta tal punto cargados de humanismo, de progresismo y de futuro, que avanzan superando todos los reveses y dificultades. Y que el tránsito histórico del capitalismo al comunismo sigue su marcha inexorable a pesar del estalinismo.

Pero, ¿qué es el estalinismo? El estalinismo significa, ante todo, la transformación del partido comunista, de representante y defensor de los intereses de la clase obrera, en administrador y garante de los privilegios de la pequeña burguesía intelectual y burocrática. Fracción de clase que, lejos de ser destruida por la revolución socialista, tiende a reforzarse y a infiltrarse en las filas del partido comunista.

Como consecuencia de esta usurpación, los principios leninistas del centralismo democrático, la dirección colectiva y el ejercicio permanente de la crítica y la autocrítica, son sustituidos por el culto a la personalidad, la lucha por los puestos de dirección en las instituciones y las empresas; y la represión de cualquier iniciativa creadora que cuestione los privilegios de la burocracia, o se atreva a poner en duda las palabras del líder infalible.

La negación del mercado socialista regulado en favor de los trabajadores, y la aparición inevitable del mercado negro, conduce a la degradación moral, la indiferencia política, la negligencia en la producción, el desabastecimiento y el estancamiento económico, destruyendo toda posibilidad de avance y perfeccionamiento del socialismo.

La negación burocrática de la existencia del mercado socialista es un absurdo similar a aquél de abolir por decreto la lucha de clases, como queda fácilmente demostrado por la existencia, esta vez sí reconocida por los estalinistas, de la mercancía, la distribución de las mismas, el precio y el dinero, es decir, los elementos esenciales del mercado.

Curiosamente, esta negación irracional del mercado socialista ha permitido a los economistas burgueses utilizar el eufemismo vergonzante de “economía de mercado” para definir al sistema capitalista. O, peor aún, propagar la falacia de la supuesta “economía de libre mercado”.

En realidad, el mercado existe desde que las comunidades humanas primitivas empezaron a intercambiar productos por medio del trueque, ampliándose y perfeccionándose en la sociedad esclavista y posteriormente en el feudalismo. De manera que los capitalistas no han inventado el mercado como pretenden y, además, el mercado “libre” no existe ni ha existido nunca. Por el contrario el mercado siempre está regulado, mediatizado y restringido, en función de los intereses de la clase dominante, por todo tipo de leyes, reglamentos, impuestos y aranceles.

Así, de la misma manera que existió un mercado regulado en favor de los terratenientes e industriales esclavistas que convirtieron al propio ser humano en mercancía; y que en la sociedad feudal funcionaba un mercado regulado por los nobles para su propio beneficio; vemos hoy como se articula un mercado capitalista en el que los obreros se ven obligados a vender, como una mercancía más, su fuerza de trabajo para sobrevivir; y como al fin, después de décadas de estalinismo, aparece en los países socialistas un mercado controlado y reglamentado en beneficio de la clase obrera que ejerce firmemente el Poder del Estado, después de haberlo conquistado por vía revolucionaria y a costa de enormes sacrificios.

Por consiguiente, el mercado existe desde los primitivos tiempos del trueque directo, y existirá hasta que la sociedad comunista del futuro, por medio de un colosal desarrollo de las fuerzas productivas, declare el principio de “a cada cual según sus necesidades”.

Pero todavía falta mucho para eso. Considerando el actual nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, durante un largo período de tiempo se deberá mantener el principio socialista de “a cada cual según la cantidad y la calidad de su trabajo”.

Por eso en la regulación y organización del mercado socialista debe establecerse como prioridad el desarrollo de las fuerzas productivas ya que para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y para avanzar decididamente por la senda de la justicia social, debemos disponer para repartir de algo más que pobreza y subdesarrollo.

Porque el socialismo no consiste en convertirnos a todos en pobres, ni en resignarnos a la miseria y el desabastecimiento. Por el contrario, el socialismo se construye para que todos vivamos mejor que bajo el dominio de la burguesía capitalista.

Esto, desde luego, no es nada sencillo y exige a la clase obrera, sobre todo en una primera etapa, ciertos sacrificios. Si necesitamos, por ejemplo, inversión extranjera para desarrollar nuestra economía y para situarnos al más alto nivel científico y tecnológico, tendremos que aceptarla aunque provengan de países capitalistas desarrollados y nos exijan condiciones poco favorables.

Lo fundamental aquí es mantener el poder estatal firmemente en manos de la clase obrera y su partido de vanguardia, utilizar los mecanismos del mercado, tanto interno como internacional, para mejorar constantemente las condiciones de vida de los trabajadores y sus familias, desarrollar las fuerzas productivas lo más rápidamente posible y combatir de forma implacable la corrupción.

Mientras que en algunos Estados socialistas se avanza con decisión por la vía de eliminar los obstáculos y frenos que el estalinismo introdujo para el desarrollo de las fuerzas productivas (China, Vietnam), otros en cambio se resisten obstinadamente a ello, manteniéndose en los estereotipos antimarxistas de la negación absurda del mercado y del equitativo reparto de la pobreza (Corea, Cuba), corriendo el riesgo de perder los frutos de la revolución socialista a los que las masas populares tienen derecho después de tanto sacrificio y tanto heroísmo.

Y en cuanto a los partidos comunistas de los países capitalistas, debemos distinguir entre los que hace tiempo que abandonaron la línea revolucionaria leninista, entregándose atados de pies y manos a la burguesía, tales como los partidarios del revisionismo “euro-comunista”, que acabarán desapareciendo e incorporándose progresivamente a la socialdemocracia reformista; de aquéllos otros que, sobre todo en América Latina, mantienen en alto dignamente la bandera de la Revolución Socialista y se esfuerzan honestamente en elaborar su propia teoría revolucionaria y determinar su propia vía al Socialismo.

c) Las fuerzas antiimperialistas: Venezuela, Irán, Rusia. Movimientos antiimperialistas en el mundo.

Asegura Ghadafi que el socialismo está en el Corán. Chávez, sin embargo, insiste en que se encuentra en el Evangelio. Ahmadineyah, por su parte, cree como buen musulmán que las desigualdades sociales se resuelven por medio de un cierto “capitalismo caritativo”: el que tiene mucho debe ayudar al que tiene poco. Pero Vladimir Putin en Rusia, en línea con el acusado carácter nacionalista de la Iglesia cristiana oriental, considera fundamental el control nacional de los recursos del país y la creación de grandes empresas capitalistas modernas, para generar empleo y mejorar por esta vía las condiciones de vida de los ciudadanos.

Afortunadamente los comunistas, como ateos militantes, no tenemos necesidad de entrar en el debate teológico-nacionalista de la burguesía nacional antiimperialista que ejerce de clase dominante en estos países, a pesar de toda la palabrería sobre los supuestos socialismos “árabes”, “cristianos” o “del siglo XXI”.

La burguesía, siempre y en todas partes, tiene una marcada preferencia por expresar su ideología y sus concepciones políticas y económicas por medio de claves religiosas. La religión, que siempre ha sido y continúa siendo el opio del pueblo, con toda su corte de seres sobrenaturales, misterios, normas autoritarias, preceptos arbitrarios de obligado cumplimiento, sumisión incondicional a un “Ser Supremo” y, desde luego, a sus “representantes en la tierra”, le sirve muy bien para controlar sicológicamente a las masas populares con su constante invitación subliminal a no pensar y a no cuestionarse su modo de vida que, aunque sea injusto y lleno de privaciones y miserias, se le recompensará, con toda seguridad, en la “otra vida”.

Por consiguiente en Irán como en Rusia, en Venezuela como en Libia, nos encontramos con regímenes que, a pesar de sus diferencias secundarias, coinciden en la cuestión fundamental de que en estos Estados y los de su órbita próxima, (Siria, Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza; Bielorusia, Kazajstán; Bolivia, Ecuador, Nicaragua), la clase social que está en el Poder es la fracción nacional anticolonialista y antiimperialista de la burguesía.

En algunos de estos países, singularmente en Venezuela, la dominación neocolonial imperialista que sustituyó al colonialismo después de sus independencias formales, ha durado tanto tiempo y ha sido tan intenso el sometimiento económico y político, que la fracción intermediaria da la burguesía, importadora y comisionista, dependiente y subordinada a las empresas multinacionales, se desarrolló y fortaleció hasta convertirse en la clase social dominante y hegemónica, detentadora del Poder del Estado.

Respaldada y sostenida económica, política y militarmente por el imperialismo, para mayor beneficio de las empresas multinacionales, mantuvo durante mucho tiempo firmemente en sus manos el Poder del Estado, subordinándose completamente a los intereses imperialistas, reprimiendo al pueblo y a sus representantes políticos y sindicales y combatiendo a las guerrillas revolucionarias con el apoyo militar directo del imperialismo.

La burguesía intermediaria mantuvo su dominación, alternando la democracia neocolonial con la más sangrienta dictadura fascista, hasta que el escandaloso fracaso de las políticas neoliberales impuestas por el imperialismo y sus organismos internacionales (FMI y Banco Mundial), crearon las condiciones para que por vía electoral llegaran al Poder los representantes de la fracción más débil y minoritaria de la burguesía, la fracción nacionalista antiimperialista y partidaria de la segunda independencia. Se inicia entonces un proceso reformista democrático antineocolonial, con el apoyo masivo de los sectores más pobres y marginados de la población, que acertadamente lo considera como un claro avance progresista y democrático.

Pero no se trata de una revolución. Y mucho menos de una revolución socialista. A pesar de la resistencia desesperada de la burguesía dependiente, que no se resigna a la pérdida del Poder y que, con el apoyo directo del imperialismo norteamericano, está dispuesta a todo, incluso al golpe militar, para recuperar sus privilegios, este proceso de transformaciones económicas centradas en la nacionalización de la propiedad extranjera de los recursos mineros, tiene carácter democrático-burgués, no socialista.

Por supuesto que las políticas asistenciales, la modernización de los sistemas educativos y sanitarios y la mejora y expansión de la infraestructura del transporte, las comunicaciones, la vivienda y el saneamiento público, benefician a las clases populares. Pero se trata de avances democrático-burgueses realizados hace mucho tiempo en los países capitalistas desarrollados.

Debemos aclarar este punto para diferenciar claramente entre Estados socialistas, donde la clase obrera detenta el Poder -tal como se expone en el capítulo anterior-, de los países donde la burguesía nacional es hegemónica y defiende sus intereses frente a la burguesía importadora aliada del imperialismo.

Por supuesto que esto al imperialismo no le hace ninguna gracia. De hecho, tanto el imperialismo norteamericano como el europeo intentan destruir estos regímenes, empleando para ello todos los medios políticos, económicos y militares a su alcance. Pero la hostilidad imperialista, que llega fácilmente desde la calumnia y las intrigas hasta el sabotaje económico y la amenaza militar, les obliga a unirse entre sí y con los Estados socialistas, sus aliados naturales frente a la agresión norteamericana y europea.

Esta necesidad de alianzas internacionales como garantía frente a las amenazas imperialistas, ha llevado a la creación y el fortalecimiento de la OCS y del ALBA.

La Organización de Cooperación de Shangai (OCS), que incorpora además de a China y Rusia, a cuatro de las antiguas repúblicas soviéticas del Asia Central, y que incluye con el estatus de observadores a India, Pakistán, Mongolia e Irán, se constituye como alianza política, económica y militar frente a la teoría del mundo unipolar (es decir, del dominio absoluto de los Estados Unidos en todo el mundo). Y mientras la solicitud norteamericana de integrarse como observador ha sido rechazada, la de Irán para alcanzar la condición de miembro de pleno derecho está siendo seriamente considerada.

En América Latina, la Cuba socialista encabeza, junto a Venezuela, la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), asociación antiimperialista que da respuesta a la propuesta norteamericana del ALCA, y que incluye también a Bolivia, Nicaragua, Dominica y Honduras.

Los comunistas debemos, naturalmente, reconocer y apoyar consecuentemente la opción antiimperialista de estos gobiernos que, además, cuentan con un considerable respaldo popular a su política de soberanía y dignidad nacional. Pero, al mismo tiempo, estamos obligados a denunciar su esencia capitalista y explotadora, por mucha “caridad barrio adentro” que nos presenten. Sabiendo que estas acciones que presumen de “socialistas” no son sino la realización de un mínimo de justicia social y el reparto de las migajas que caen de la mesa de los burgueses. Reparto caritativo posibilitado, por otra parte, por los fabulosos ingresos de las exportaciones energéticas.

El objetivo de la clase obrera de estos países y de sus partidos comunistas de vanguardia, sigue siendo impulsar decididamente los avances democráticos con la participación directa de las masas, la neutralización política de la burguesía nacional, representada en Venezuela por los militares anticomunistas y los intelectuales burgueses (la derecha del PSUV), para elevar el nivel de conciencia de la clase obrera y de todo el pueblo, creándose así la condiciones para desarrollar (ahora sí) la Revolución Socialista, tomar el Poder del Estado en sus manos, desplazando de él a los representantes de la burguesía nacional, y acabar de una vez por todas con esta clase social por medio de una decidida política de expropiación de los medios fundamentales de producción, empezando naturalmente por la banca. Aunque al señor Dieterich le parezca “innecesario”.

Por último, y a pesar de su carácter “apolítico”, contradictorio e inestable, consecuencia inevitable de su carácter fundamentalmente pequeñoburgués, hemos de considerar como aliados frente al imperialismo a los diversos grupos que, desde posiciones antibelicistas, ecologistas y democráticas anticapitalistas, enfrentan al mundo de la injusticia y la explotación su propia visión, aun inconexa y utópica, de la posibilidad de otro mundo más justo y sin guerras.

d) La situación política en el Estado español.

A finales de los setenta, durante la llamada “transición”, muchos estaban convencidos de que, a pesar de todo, se mantenían en España posibilidades revolucionarias. Algunos soñaban hasta con la restauración de la República. Sus esperanzas se alimentaban del relativo éxito electoral del PCE, y del ambiente social de efervescencia reivindicativa que sugerían las importantes movilizaciones obreras y populares. Todo esto reflejaba el entusiasmo y la combatividad que había generado, durante los años de dictadura, la resistencia antifranquista.

Pero toda la oposición a la dictadura, unida en torno a la Junta y a la Plataforma democráticas, desde la izquierda marxista hasta la derecha liberal, fue incapaz de forzar la caída del régimen franquista. Por el contrario, frente a la ruptura democrática de la oposición, la oligarquía dominante y sostenedora de la dictadura, levantó el proyecto de la “transición democrática”, es decir, del mantenimiento del sistema de dominación hegemónica de la gran burguesía, cambiando de forma para homologarla a la Europa unificada a la que pretendía incorporarse.

Para culminar el proyecto de la “transición democrática” (que todavía hoy, con toda razón, se pone como ejemplo del cambio, en un Estado cuya esencia es la dictadura de la burguesía, de la forma dictatorial a la forma democrático-capitalista) la oligarquía franquista necesitaba mantener algunas instituciones de la dictadura, particularmente la monarquía creada por Franco, la cúpula militar más reaccionaria, y el aparato policial y jurídico. Y junto a ello, crear elementos nuevos imprescindibles para su operación de cambio de apariencia del sistema de explotación capitalista, tales como el nuevo partido UCD, dirigido por el ex secretario general del Movimiento (el partido de Franco), y el nuevo PSOE, que con la asesoría de los servicios secretos de EEUU, se convirtió en la coartada primero y en la alternativa después, de la “democracia”.

Y blandiendo la amenaza y el chantaje del “golpe militar”, la alta burguesía española hegemónica consigue la rendición incondicional del Partido Comunista, que acepta la monarquía franquista y la nueva Constitución de la oligarquía financiera.

La traición del PCE de Carrillo, derivada de su deserción ideológica revisionista (el “eurocomunismo”), la progresiva desmovilización popular, la burocratización de los dos grandes sindicatos y su complicidad con la burguesía y la UCD (Pactos de la Moncloa), y el éxito electoral del PSOE en 1982, desmontaron definitivamente las fantasías revolucionarias de la mayoría de los comunistas españoles.

La llegada al Poder de Felipe González y el despliegue de su política de recortes sociales y limitación de derechos de los trabajadores; y la definitiva incorporación a la OTAN y a la Unión Europea (por entonces todavía CEE), aceleró la desmoralización de los comunistas, su dispersión en innumerables grupúsculos y, en muchos casos, la deserción al PSOE.

La decidida apuesta electoralista del PCE al sumergirse en 1986 en Izquierda Unida, culminó la deriva revisionista, antileninista y liquidacionista, iniciada muchos años antes por Santiago Carrillo y sus cómplices.

Por otra parte, la degradación moral del PSOE de González y Guerra, con los tremendos escándalos de corrupción y de terrorismo de Estado, abrieron las puertas del gobierno al Partido Popular de Aznar, con las consecuencias conocidas de la completa subordinación al imperialismo norteamericano, el bochornoso espectáculo de las Azores, la participación en la guerra de Irak, y el atentado terrorista islamista del 11 de Marzo de 2004 en Madrid.

El nuevo líder del PSOE, Rodríguez Zapatero, ha rectificado la política exterior orientándola hacia los intereses europeos, y la política interior con una serie de cambios, más bien cosméticos, buscando votos por la izquierda. Lo que ha acabado de machacar a Izquierda Unida.

El resultado de todo esto es la transformación de la España combativa y reivindicativa de los años setenta, en un régimen monárquico bajo el absoluto dominio de la oligarquía financiera, con un sistema bipartidista consolidado con dos alternativas electorales (PP Y PSOE) que representan, a pesar de sus aparentes diferencias y sus matices en cuestiones secundarias, a la misma clase social: la oligarquía financiera imperialista, fracción dominante de la burguesía española y sector, cada vez más importante, de la oligarquía imperialista de la Europa del Euro, de las sesenta y cinco horas de trabajo semanales y de la indigna y fascista “directiva del retorno”.

Ya en 1976 algunos comunistas canarios habíamos llegado a la conclusión de que las posibilidades revolucionarias en España eran muy escasas. Tan escasas nos parecían, que decidimos que la vía de Canarias hacia el Socialismo, pasaba necesariamente por la liberación nacional y la descolonización.

Nos enfrentamos desde entonces con el enfoque nacionalista-burgués español de los “comunistas” sucursalistas, cuya proverbial ceguera ante el problema colonial canario (y de Ceuta y Melilla que siguen siendo consideradas por esos seudomarxistas imperialistas como “ciudades autónomas”) no tiene hoy más justificación que la burocratización de estas organizaciones, que les impide analizar desde una perspectiva revolucionaria y de clase, este problema teórico. O, peor aún, el desconocimiento de los más elementales principios del marxismo-leninismo sobre este tema.

Los que nos discutían hace treinta años nuestra opción táctica por la liberación nacional anticolonialista, basada en nuestro análisis sobre la consolidación del Estado burgués-capitalista e imperialista español, podrían quizá ser disculpados por el entusiasmo y la euforia política del fin de la dictadura franquista.

Pero si a estas alturas queda algún comunista canario que crea seriamente que en España puede, en un futuro previsible, desarrollarse la revolución socialista y que nosotros deberíamos sumarnos a ella, tendremos que concluir que en esos compañeros pesa más el patriotismo español y el nacionalismo burgués, celoso de salvaguardar las fronteras de “su” Estado capitalista e imperialista, que sus convicciones socialistas y revolucionarias. Lo que les lleva inevitablemente, y puede que inconscientemente, a convertirse en valiosos aliados de la reacción colonial y de la oligarquía imperialista española.

V.- LA POLÍTICA DEL PARTIDO REVOLUCIONARIO DE LOS COMUNISTAS EN LA ETAPA ACTUAL.

Entendemos por fase histórica al período de tiempo en el que se mantiene vigente una determinada contradicción principal. Por eso llamamos fase democrática de la revolución a la época de dominación colonial española, en la que se mantiene como contradicción principal la que se establece entre el Poder Colonial y el Bloque Nacional Canario, conjunto de clases y fracciones de clase objetivamente interesadas en la liberación nacional.

Dentro de una misma fase histórica, distinguimos diferentas etapas en las que se mantiene una determinada forma de la contradicción principal. Después de una etapa dictatorial-fascista, hemos entrado, a partir de finales de los años setenta del siglo pasado, en una etapa de parlamentarismo colonial “autonómico”.

Las formas que la contradicción colonial adopta, en cada etapa histórica, determinan a su vez las formas de lucha revolucionaria. En la etapa actual de parlamentarismo colonial, en la que la opresión y la dominación imperialista española se ejerce, con la colaboración de la burguesía canaria, más por el engaño que por la fuerza, el trabajo político del partido de los comunistas debe centrarse en la agitación y la propaganda, en la formación ideológica de sus cuadros y militantes, la elevación del nivel de conciencia y de organización de la clase obrera, y la acumulación de fuerzas como preparación para la lucha abierta, en alianza con todas las clases populares, contra el Poder colonial español.

Porque los comunistas no nos hacemos ilusiones de alcanzar mayorías parlamentarias “autonómicas”. Ni mucho menos de fantasiosas soluciones externas del tipo de enviar cartas a la ONU. Nosotros sabemos, y desde ahora contamos con ello, que después de la etapa de parlamentarismo colonial, vendrá necesariamente la etapa del estado de excepción y la suspensión de la autonomía. Pues el imperialismo español sólo mantendrá la forma democrática actual mientras sirva a sus intereses.

El proyecto político autonómico no es más que la forma actualizada del Pacto Colonial histórico entre la clase dominante canaria y el imperialismo español (que facilitó la conquista y el mantenimiento de la dominación extranjera hasta hoy), y surgió como una alianza estratégica postfranquista entre la burguesía canaria y la oligarquía española. Esta alianza, propiciada e impuesta por la fracción más dependiente, intermediaria y procolonialista de la burguesía, se materializó primero en la UCD, y después en las ATI-AIC y Coalición Canaria.

El colonialismo prometió entonces a nuestros burgueses traidores que conservarían sus privilegios de clase, y que protegerían los intereses de los importadores a costa de la destrucción de la producción canaria, sobretodo de alimentos. Y les garantizaron también la continuidad de las exportaciones tradicionales de frutas y hortalizas.

Sin embargo, ahora ven como los grandes monopolios españoles y europeos de la distribución han desplazado a las empresas comerciales canarias, y como se pierden progresivamente los mercados fruteros protegidos, lo que ha sumido al Pacto colonial en una profunda crisis, fuente de algunos devaneos soberanistas. Pacto que apenas se mantiene, ante los lloriqueos de nuestros empresarios, con concesiones fiscales como la Reserva de Inversiones.

Frente al proyecto de “Comunidad autónoma” de la alianza de la burguesía canaria con el Poder Colonial español, el partido de los comunistas y sus aliados, como representantes políticos de las clases sociales que forman el Bloque Nacional Canario, deben levantar el proyecto revolucionario de la República Canaria independiente y democrática, antiimperialista y antimonopolista.

Ésta debe ser la consigna principal de toda la labor de agitación de los comunistas, unida a la promoción de un frente político en torno a un Programa de transformaciones democráticas antiimperialistas, como eje de la alianza patriótica por la liberación nacional y la independencia.

Pero esta alianza debe materializarse necesariamente en un Frente político, es decir, en un acuerdo entre los partidos políticos que representan y defienden los intereses generales y a largo plazo de las clases sociales interesadas en la liberación nacional.

Por eso no creemos en la unidad mecánica con los “partidos independentistas”, pues consideramos que estos grupos interclasistas sin definición ideológica no son, en esencia, más que burdos montajes electoralistas que rivalizan impúdicamente entre sí para arañar unos pocos votos. Y sólo sirven, en definitiva, para legitimar como “democrática” la dominación imperialista española en nuestra tierra, y como elementos complementarios del proyecto autonomista de la burguesía y el Poder colonial.

Su calculada ambigüedad política e ideológica y su, no menos calculada, pretensión de aprovechar cualquier nicho de votantes susceptibles de ser arrastrados a la trampa electoralista autonómica, los descarta como vanguardias organizadas de amplios sectores de la población trabajadora y explotada que hoy, ante la carencia de un partido socialista democrático y anticolonialista, no tienen más referencia que el PSOE español o su versión ecologista, aunque no menos imperialista, de Izquierda Unida.

Los líderes de estos grupos se imaginan que la indefinición ideológica les permite ampliar su influencia, más personal que política, y su cosecha de votos autonómicos. Sin embargo se engañan lastimosamente. Unidos en un partido de clase, con una definición ideológica y política clara, bien organizados y estructurados, y con una razonable política de alianzas por la liberación nacional, tendrían indudablemente más éxito y más influencia que divididos en grupos patéticamente enfrentados, en cada ocasión que el Poder colonial los convoca a sus farsas electorales.

Se culpan mutuamente de la falta de “unidad”, pues cada uno presume de ser más “unitario” que nadie. No comprenden que para unirse primero hay que definirse. Y no logran entender el principio elemental de que la deliberada indefinición ideológica hace imposible la unidad y les conduce inevitablemente a la rivalidad y la permanente división.

Por eso sólo creemos en el acuerdo de los partidos de clase. Partidos con una definición ideológica clara, sin ambigüedades ni falsos interclasismos (del tipo de la inefable “ideología nacional” de los defensores de la inexistencia de clases sociales en Canarias), que superen decididamente la etapa primitiva, ya descartada por la historia de innumerables y nefastas experiencias de muchos años, de repetir el espejismo oportunista y electoralista de la UPC.

Partidos de clase que defiendan consecuentemente, con independencia de pueriles cálculos electorales y de frívolos planteamientos oportunistas, las aspiraciones y los intereses de los sectores sociales a los que representan como vanguardias organizadas.

De la misma manera, en el terreno de la lucha sindical se nos presenta también el falso debate de la “unidad” o la “división” sindical, cuando lo que realmente deberíamos discutir es la generalizada burocratización sindical, la falta de participación de los colectivos de los trabajadores en las empresas y federaciones, y la conversión de los sindicatos, por mucho que se denominen “de clase”, “obreros”, “asamblearios” o “nacionalistas”, en simples asesorías laborales.

¿Qué diferencia puede haber, para un obrero, en que las gestorías se “reúnan” en oficinas contiguas, o por el contrario se “dispersen” en varios edificios? Evidentemente ninguna.

Lo que necesita la clase obrera son sindicalistas que, en lugar de suplantar a los trabajadores promoviendo la pasividad, la indiferencia y la desmovilización; faciliten su participación activa en los problemas y reivindicaciones locales y sectoriales, fomenten la elevación del nivel de conciencia y de formación política y organicen la creación de Asambleas de trabajadores en cada empresa, con poder decisorio y capacidad para elegir a sus Comités para que, con mandato imperativo, les representen, tanto en las negociaciones y conflictos, como en la dirección y la gestión de las propias organizaciones sindicales.

Este planteamiento de la acción sindical asamblearia y directa, opuesta por principio a las formas burocráticas imperantes, seguramente molestará, además de a los empresarios, a las élites sindicales de “liberados” acostumbrados a manejar a su antojo y sin ningún control de los afiliados tanto las escasas actividades sindicales como los fondos, en la mayoría de las organizaciones sindicales.

La lucha económica es el primer paso del aprendizaje de la lucha de clases. Por eso es parte fundamental del trabajo político del Partido, impulsar la organización asamblearia de los trabajadores en las empresas, y la superación de las formas democrático-burguesas de acción sindical.

Todos estos lastres y dificultades hacen más patente, si cabe, la necesidad de la actuación decidida de un partido revolucionario que haga girar el curso de los acontecimientos en la dirección de los intereses nacionales de la clase obrera y del pueblo canario.

“Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos”, decía Marx. Proclamamos decididamente nuestra irreductible voluntad de afrontar todas las dificultades y vencer todos los obstáculos para conquistar la independencia nacional de Canarias y para el triunfo del Socialismo en nuestra patria.

¡Hacia el Socialismo,
viva Canarias Libre!

Canarias, septiembre de 2008

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